Darnos cuenta

Abrir los ojos ante la realidad del mundo y de la humanidad. Darnos cuenta.

La pandemia del lucro

"No man is an island, entire of itself; every man is a piece of the continent, a part of the main; if a clod be washed away by the sea, Europe is the less, as well as if a promontory were, as well as if a manor of thy friend's or of thine own were; any man's death diminishes me, because I am involved in mankind, and therefore never send to know for whom the bell tolls; it tolls for thee."

"Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti."

John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions (1623)


Ayer me enviaron un archivo con una nota muy interesante que quiero compartir con Uds. Ya hemos hablado en este blog acerca de las enfermedades que inventa la industria farmaceútica, por lo que no sería para nada extraño que la alarma y el miedo generados por los medios de comunicación respecto de la gripe porcina sea, en realidad, más de lo mismo: una psicosis muy bien planeada por quienes sólo quieren aumentar sus ganancias...
Mejor vamos directamente a la nota.


"En el mundo, cada año, mueren millones de personas víctimas de la malaria (que se podría prevenir con un mosquitero) y de diarrea (que se podría curar con un suero oral de 25 centavos). Los noticieros, sin embargo, no dicen nada acerca de esto. Sarampión, neumonía, enfermedades curables con vacunas baratas, provocan la muerte de diez millones de personas en el mundo cada año. Y los noticieros no informan nada…
Hace unos años, cuando apareció la famosa gripe aviar, los informativos mundiales se inundaron de noticias…chorros de tinta, señales de alarma… ¡Una epidemia, la más peligrosa de todas!... ¡Una pandemia! Sólo se hablaba de la terrorífica enfermedad de los pollos. Y, sin embargo, la gripe aviar sólo provocó la muerte de 250 personas en todo el mundo. 250 muertos durante 10 años, lo que da un promedio de 25 víctimas por año. La gripe común mata medio millón de personas cada año en el mundo. Medio millón contra 25.
Un momento, un momento. Entonces, ¿por qué se armó tanto escándalo con la gripe de los pollos? Porque atrás de esos pollos había un gallo de espuela grande: la farmacéutica trasnacional Roche con su famoso Tamiflú vendió millones de dosis a los países asiáticos. Aunque el Tamiflú es de dudosa eficacia, el gobierno británico compró 14 millones de dosis para prevenir a su población.
Con la gripe de los pollos, Roche y Relenza, las dos grandes empresas farmaceúticas que venden los antivirales, obtuvieron miles de millones de dólares de ganancias. Es decir, antes con los pollos y ahora con los cerdos... Pues sí, ahora comenzó la psicosis de la gripe porcina. Y todos los noticieros del mundo sólo hablan de esto. Ya no se dice nada de la crisis económica ni del cambio climática mundial…
Vamos lo que dice un ejecutivo de los laboratorios Roche:

- A nosotros nos preocupa mucho esta epidemia, tanto dolor… por eso, ponemos a la venta el milagroso Tamiflú.
- ¿Y a cuánto venden el “milagroso” Tamiflú? - pregunta una señora.
- Bueno, veamos… 50 dólares la cajita.
- ¿50 dólares esa cajita de pastillas?
- Comprenda, señora, que los milagros se pagan caros.

Lo que comprendemos es que esas empresas sacan buena tajada del dolor ajeno. La empresa norteamericana Gilead Sciences tiene patentado el Tamiflú. El principal accionista de esta empresa es nada menos que un personaje siniestro, Donald Rumsfeld, secretario de defensa de George Bush, artífice de la guerra contra Irak. Los accionistas de las farmaceúticas Roche y Relenza están frotándose las manos, están felices por sus ventas nuevamente millonarias con el dudoso Tamiflú.

La verdadera pandemia es el lucro, las enormes ganancias de estos mercenarios de la salud.

No negamos las necesarias medidas de precaución que están tomando los países. Pero si la gripe porcina es una pandemia tan terrible como anuncian los medios de comunicación, si a la Organización Mundial de la Salud le preocupa tanto esta enfermedad, ¿por qué no la declara como un problema de salud pública mundial y autoriza la fabricación de medicamentos genéricos para combatirla? Prescindir de las patentes de Roche y Relenza, y distribuir medicamentos genéricos gratuitos a todos los países, especialmente los pobres.

Esa sería la mejor solución."


Para leer más sobre cómo intercambian enfermedades los animales y los seres humanos, les recomiedo este excelente artículo de National Geographic:

Enfermedades zoonóticas: animales infecciosos

Humanidad y emisiones de CO2

The Breathing Earth Simulation:

http://www.breathingearth.net/

Una simulación en tiempo real que muestra las emisiones de CO2 de cada país en el mundo, así como sus tasas de natalidad y mortalidad.

El calentamiento de la Tierra (también conocido como cambio climático) es probablemente la cuestión más importante para hacer frente en nuestra generación, y muy posiblemente la más importante de toda la historia. La comunidad científica mundial es prácticamente unánime en su acuerdo de que el calentamiento global está ocurriendo, y de que es culpa nuestra. Si dejamos que se salga de nuestro control, las consecuencias - que ya están ocurriendo en la mayoría de nuestras vidas - serán catastróficas. Sólo algunas de estas consecuencias pueden ser razonablemente previstas: el aumento del nivel del mar, más frecuentes y graves desastres naturales a gran escala, la escasez de alimentos, plagas, la extinción masiva de especies, número de refugiados sin precedentes, intensificación de las tensiones étnicas, políticas y económicas a nivel mundial, y una depresión como la que nadie ha visto nunca.

La situación está todavía a nuestro alcance, pero debemos actuar ahora, debemos actuar con firmeza, y debemos actuar juntos. Individuos, empresas y gobiernos de todo el mundo, cada uno debe hacer todo lo posible para revertir el cambio climático. Nunca vamos a tener una segunda oportunidad.


¿ Qué podemos hacer ?

La buena noticia es que hay muchas cosas que podemos hacer para reducir nuestra huella de carbono. La palabra clave es reducir. Podemos reducir enormemente nuestro impacto sobre el cambio climático mediante el uso más responsable de los recursos del planeta. Hay muchas cosas que pueden reducir, y muchas maneras en que pueden reducir, pero tres de las principales son las siguientes: reducir la cantidad de productos animales que se consumen (carne, productos lácteos, huevos, cuero, etc), reducir la cantidad de combustible que se utiliza (coche, avión, etc), y reducir la cantidad de electricidad que se utiliza.

Nuestro hogar: la Tierra

5 de junio de 2009 - Viernes
Día Mundial del Medio Ambiente

"El documental Home, narrado por Salma Hayek y dirigida por el cineasta francés Luc Besson, es el primero en la historia que se estrena al mismo tiempo en más de 50 países. Se trata de una innovación que busca cambiar la visión del mundo y celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente.
La cinta hace un recorrido en 90 minutos, por la vida en la Tierra desde sus inicios, hace más de cuatro millones de años hasta nuestros días."

Música fabulosa, imágenes increíbles.
Nuestro hogar, la Tierra, como jamás la has visto.


http://www.youtube.com/homeprojectES


Podés ver la película gratis y completa on-line.

Sitio web: http://www.home-2009.com

El fin de la abundancia: la crisis alimentaria mundial

Una población que alcanzará los 8 000 millones en 2025 es el factor determinante de una mayor demanda de alimentos.


El acto más sencillo y natural de todos. Nos sentamos a la mesa, tomamos un tenedor y probamos un jugoso bocado, sin darnos cuenta de las ramificaciones mundiales que supone volvernos a servir. Las reses vienen de Iowa, alimentadas con maíz de Nebraska. Para los estadounidenses las uvas vienen de Chile, las bananas de Honduras, el aceite de oliva de Sicilia, el jugo de manzana no viene del estado de Washington, sino de China. La sociedad contemporánea nos ha liberado de la carga de cultivar, cosechar, incluso de preparar el pan nuestro de cada día a cambio de sólo pagar por ello. Únicamente hacemos caso cuando los precios suben. Y las consecuencias son profundas.

El año pasado el alza vertiginosa del costo de los alimentos fue una llamada de atención para el planeta. Entre 2005 y el verano de 2008 se triplicó el precio del trigo y el maíz, y se quintuplicó el del arroz, dando lugar a motines a causa de los alimentos en una veintena de países y dejando más de 75 millones de personas expuestas a la pobreza. Sin embargo, a diferencia de las sacudidas anteriores impulsadas por una escasez alimentaria a corto plazo, el alza de precios aconteció en un año en el que los agricultores mundiales obtuvieron máxima histórica en su cosecha de cereales. Más bien, los precios altos eran síntoma de un problema mayor que tira de los hilos de nuestra red alimentaria mundial. Y no desaparecerá en el futuro cercano. En palabras llanas: durante la mayor parte de la década anterior, el mundo ha consumido más alimentos de los que produce. Después de años de reducir las reservas, en 2007 el mundo presenció una caída de los remanentes mundiales a 61 días de consumo mundial, la segunda menor registrada.

“El crecimiento de la productividad agrícola es apenas de 1 a 2 por ciento anual –advirtió en plena crisis Joachim von Braun, director general del Instituto Internacional de Investigaciones sobre Políticas Alimentarias con sede en Washington, D.C.–. Es demasiado bajo para cubrir el crecimiento de la población y el aumento en la demanda”.

Los precios elevados son la señal última de que la demanda sobrepasa a la oferta, de que simplemente no hay alimentos suficientes. Esta agflación, es decir, inflación alimentaria, golpea con mayor fuerza a los miles de millones de personas más pobres del planeta, dado que suelen gastar entre 50 y 70 por ciento de sus ingresos en alimentos. Aunque los precios hayan disminuido con la implosión de la economía mundial, aún se hallan cerca de máximos históricos y permanecen los problemas subyacentes de reservas bajas, población creciente y estabilización en el aumento de los rendimientos. Se prevé que el cambio climático (con temporadas de cultivo más calurosas y mayor escasez de agua) reducirá las cosechas en gran parte del mundo, aumentando el espectro de lo que algunos científicos llaman ahora una crisis alimentaria perpetua.

¿Qué hará entonces un mundo caluroso, lleno de gente y hambriento?

Esa es la pregunta con la que lidian Von Braun y sus colegas del Grupo Consultivo sobre Investigaciones Agrícolas Internacionales. Se trata del grupo de centros de investigación agrícola de renombre mundial que contribuyó a doblar el rendimiento promedio de maíz, arroz y trigo entre mediados de los cincuenta y de los noventa, un logro tan asombroso que fue conocido como la revolución verde. Sin embargo, dado que la población mundial aumenta vertiginosamente y alcanzará los 9 000 millones de personas hacia mediados de siglo, estos expertos aseguran que hace falta repetir el logro y duplicar la producción actual de alimentos hacia 2030.

En otras palabras, necesitamos otra revolución verde. Y en la mitad del tiempo.

Desde que nuestros antepasados abandonaron la caza y la recolección para arar y sembrar hace unos 12 000 años, nuestro número avanza de la mano con nuestra capacidad agrícola. Cada adelanto (la domesticación de animales, el riego, la producción de arroz de regadío) condujo a un salto correspondiente en la población humana. Cada vez que las existencias de alimentos se estancaban, la población se estabilizaba. Antiguos escritores árabes y chinos señalaron los nexos entre población y recursos alimentarios, pero no fue sino hasta fines del siglo XVIII cuando un estudioso británico intentó explicar el mecanismo exacto que relacionaba ambos; y se convirtió, quizá, en el científico social más infamado de la historia.

Thomas Robert Malthus, cuyo nombre diera origen a términos como “catástrofe maltusiana” y “maldición maltusiana,” era un apacible matemático, clérigo y, a decir de sus críticos, el referente supremo del vaso medio vacío. Cuando unos cuantos filósofos de la Ilustración, atolondrados por el éxito de la Revolución Francesa, comenzaron a predecir el mejoramiento continuo e ilimitado de la condición humana, Malthus aplastó sus predicciones. La población humana, observó, aumenta a una tasa geométrica, duplicándose cada 25 años más o menos si no encuentra obstáculos, mientras que la producción agrícola aumenta a una tasa aritmética, con mucha mayor lentitud. Allí yacía una trampa biológica de la cual la humanidad jamás podría escapar.

“La capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la de la tierra para producir alimento para la humanidad –escribió en su Ensayo sobre el principio de la población, en 1798–. Esto implica que la dificultad para conseguir alimento ejercerá sobre la población una fuerte y constante presión restrictiva”. Malthus pensaba que las restricciones podrían ser voluntarias (como el control de la natalidad, la abstinencia o el retraso del matrimonio) o involuntarias (por el azote de la guerra, la hambruna y las enfermedades). Se opuso a la ayuda alimentaria para todos, salvo las personas más pobres, pues sentía que esa ayuda alentaba a que nacieran más niños en la miseria.

La revolución industrial y la siembra de tierras comunales inglesas aumentaron espectacularmente la cantidad de alimento en Inglaterra, barriendo con Malthus y depositándolo en el cesto de basura de la era victoriana. Sin embargo, fue la revolución verde la que volvió al reverendo el hazmerreír de los economistas contemporáneos. Desde 1950 el mundo ha experimentado el mayor crecimiento poblacional de la historia humana. Después de la época de Malthus, se agregaron 6 000 millones de personas a las mesas del planeta. Pero, gracias a mejores métodos de producción de cereales, se alimentó a casi todas estas personas. Por fin nos habíamos desecho por completo de los límites maltusianos.

O eso pensábamos.

La décimo quinta noche del noveno mes del calendario lunar chino, 3 680 aldeanos, casi todos de apellido He, estaban sentados bajo una lona con goteras en la plaza de Yaotian, China, y se apresuraron a degustar una comida de 13 platos. El acontecimiento era un banquete tradicional en honor de los ancianos.

Incluso con la recesión mundial, los tiempos aún son relativamente buenos en la provincia suroriental de Guangdong, donde se sitúa Yaotian en medio de parcelas de estampilla postal y lote tras lote de fábricas nuevas que contribuyen a convertir esta provincia en una de las más prósperas de China. Cuando las épocas son buenas, los chinos comen cerdo. Mucho cerdo. El consumo per cápita en el país más poblado del mundo aumentó 45 % entre 1993 y 2005, de 24 a 34 kilogramos al año.

Un empresario afable, el consultor de la industria porcina Shen Guangrong, recuerda que su padre criaba un cerdo anualmente, que era sacrificado en el año nuevo chino. Era la única carne que comían al año. Los cerdos que criaba el padre de Shen no necesitaban mucha atención, eran variedades resistentes de color blanco y negro que comían casi cualquier cosa: restos de comida, raíces, basura. No sucede lo mismo con los cerdos contemporáneos de China. Después de las mortales protestas realizadas en la Plaza Tiananmen en 1989, que culminaron un año de disturbios políticos exacerbado por los elevados precios de los alimentos, el gobierno comenzó a ofrecer incentivos fiscales a las grandes granjas industriales para satisfacer la demanda creciente. A Shen se le encomendó trabajar en una de las primeras granjas de cerdos en China que forman parte de las Actividades Concentradas de Alimentación de Animales (CAFO, por sus siglas en inglés), en la cercana Shenzhen. Estas factorías, que han proliferado en años recientes, dependen de razas alimentadas con mezclas avanzadas de maíz, harina de soya y suplementos para que crezcan rápidamente.

Esas son buenas noticias para el chino promedio, amante de la carne de cerdo, que, con todo, consume apenas 40 % de la carne que comen los estadounidenses. Sin embargo, esto es preocupante para las existencias mundiales de cereales. Comer carne es una forma increíblemente ineficaz de alimentarnos. Hacen falta cinco veces más cereales para obtener la cantidad equivalente de calorías que se generan al comer cerdo que al sólo comer cereal: 10 veces más si hablamos de las reses de EUA engordadas con cereales. A medida que se destinan más cereales al ganado y a la producción de biocombustibles para autos, el consumo anual mundial de cereales ha aumentado de 815 millones de toneladas métricas en 1960 a 2 160 millones en 2008.

Incluso China, el segundo país productor de maíz del planeta, no puede producir cereal suficiente para alimentar a todos sus cerdos. Casi todo el déficit se compensa con soya importada de Estados Unidos o Brasil, uno de los pocos países que puede ampliar sus tierras de cultivo, a menudo arando el bosque tropical. La creciente demanda de alimentos, piensos y biocombustibles ha sido un factor determinante en la deforestación de los trópicos. Entre 1980 y 2000 más de la mitad de las hectáreas de tierras de cultivo nuevas se obtuvieron de bosques tropicales vírgenes. Brasil aumentó 10 % anual sus hectáreas de soya en la Amazonia entre 1990 y 2005.

Parte de esta soya brasileña podría terminar en los molinos de las Granjas Guangzhou Lizhi, la mayor de las CAFO de la provincia de Guangdong. Algunos expertos prevén que para cuando en China haya más de 1 500 millones de personas, en algún momento de los próximos 20 años, harán falta otros 200 millones de cerdos sólo para mantenerse al paso. Y eso es sólo en China. Se espera que hacia 2050 el consumo mundial de carne se duplique. Eso significa que vamos a necesitar muchos más cereales.

Esta no es la primera vez que el mundo se encuentra al borde de una crisis alimentaria, es sólo la iteración más reciente. A los 83 años, Gurcharan Singh Kalkat ha vivido lo suficiente para recordar una de las peores hambrunas del siglo XX. En 1943 murieron hasta cuatro millones de personas en la “corrección maltusiana” conocida como la hambruna de Bengala. Durante las dos décadas posteriores a esa fecha, India tuvo que importar millones de toneladas de cereales para alimentar a su pueblo.

Luego llegó la revolución verde. A mediados de la década de los sesenta, cuando India luchaba por alimentar a su pueblo después de otra grave sequía, un biogenetista estadounidense llamado Norman Borlaug trabajaba junto con investigadores indios para llevar sus variedades de trigo de alto rendimiento al Punjab. Las nuevas semillas eran un don del cielo, dice Kalkat, en esa época director adjunto de agricultura para el Punjab. En 1970, los agricultores casi habían triplicado su producción con la misma cantidad de trabajo. “Teníamos el gran problema de qué hacer con el excedente –afirma–. Cerramos las escuelas un mes antes para almacenar la cosecha de trigo en los edificios”.

Borlaug nació en Iowa y consideró que su misión era llevar a los lugares pobres de todo el planeta los métodos agrícolas de alto rendimiento que convirtieron la región central de Estados Unidos en el granero del mundo. Sus nuevas variedades de trigo enano, de tallos cortos y robustos que soportaban infrutescencias completas y gordas, fueron un avance sorprendente. Podían producir un cereal distinto a cualquier variedad de trigo antes vista, siempre y cuando hubiera agua abundante, fertilizantes sintéticos y poca competencia de malas hierbas o insectos. Con ese fin, el gobierno de India subsidió canales, fertilizantes y la perforación de pozos entubados para el riego, y dotó a los agricultores de electricidad gratuita para bombear agua. Las nuevas variedades de trigo se difundieron rápidamente por toda Asia, modificando las prácticas agrícolas tradicionales de millones de agricultores; pronto fueron seguidas por nuevas cepas de arroz “milagroso”. Los nuevos cultivos maduraban con mayor rapidez y permitían a los agricultores recoger dos cosechas al año en lugar de una. Hoy día, una cosecha doble de trigo, arroz o algodón es la norma en el Punjab, que, junto con la vecina Haryana, hace poco suministró más de 90 % del trigo que hacía falta a los estados de India con déficit de cereales.

La revolución verde comenzada por Borlaug no tenía nada que ver con la etiqueta verde amable con el ecosistema que está en boga en la actualidad. Dado su empleo de fertilizante sintético y plaguicidas para cuidar enormes campos de un mismo cultivo, práctica conocida como monocultivo, este nuevo método de agricultura industrial era la antítesis de la tendencia orgánica actual. Más bien, William S. Gaud, entonces administrador de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, acuñó la frase en 1968 para describir una alternativa a la revolución roja de Rusia, en la que obreros, soldados y campesinos hambrientos se habían rebelado violentamente en contra del régimen zarista. Más pacífica, la revolución verde fue un éxito tan asombroso que Borlaug obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1970.

En la actualidad, sin embargo, el milagro de la revolución verde ha terminado en el Punjab. En esencia, el aumento en los rendimientos se ha estancado desde mediados de la década de 1990. El riego en exceso ha llevado a un marcado descenso de las capas freáticas, que alimentan ahora 1.3 millones de pozos entubados, al tiempo que se han perdido miles de hectáreas de tierras productivas por la salinización y anegación de los suelos. Cuarenta años de riego intensivo, fertilización y plaguicidas no han sido amables con los limosos campos grises del Punjab. Ni con las personas mismas, en algunos casos.

En la polvorienta aldea agrícola de Bhuttiwala, hogar de unas 6 000 personas en el distrito de Muktsar, el anciano de la aldea Jagsir Singh, de barba larga y turbante azul cobalto, saca cuentas: “Los últimos cuatro años hemos tenido 49 decesos debido al cáncer –señala–. La mayoría eran personas jóvenes. El agua no es buena. Es venenosa, contaminada. Pero las personas la siguen bebiendo”.

Jagdev Singh es un joven de rostro dulce de 14 años cuya columna vertebral se deteriora lentamente. Desde su silla de ruedas mira Bob Esponja doblada al hindi mientras su padre habla acerca de su pronóstico. “Los doctores dicen que no vivirá para ver los 20”, afirma Bhola Singh.

No hay prueba de que estos cánceres fueron causados por plaguicidas. No obstante, investigadores han hallado en el Punjab plaguicidas en la sangre, las capas freáticas, las hortalizas, incluso en la leche materna de sus esposas. De modo que muchas personas toman el tren, que hoy en día recibe el nombre del Expreso del Cáncer, desde la región de Malwa hacia el hospital oncológico de Bikaner. El gobierno está bastante preocupado como para gastar millones en plantas de tratamiento de agua por ósmosis inversa para las aldeas más gravemente afectadas.

Si eso no preocupara lo suficiente, el alto costo de los fertilizantes y plaguicidas ha sumido en deudas a muchos agricultores punjabíes. Un estudio halló más de 1 400 suicidios de agricultores en aldeas entre 1988 y 2006. Algunos grupos sitúan el total para el estado entre 40 000 y 60 000 suicidios durante ese periodo. Muchos bebieron plaguicidas o se colgaron en sus campos.

“La revolución verde sólo nos ha traído la ruina –menciona Jarnail Singh, maestro jubilado de la aldea de Jajjal–. Arruinó nuestro suelo, nuestro medio ambiente, nuestras capas freáticas. Antes teníamos ferias en las aldeas donde las personas se reunían y divertían. Ahora nos congregamos en centros médicos. El gobierno ha sacrificado a la gente del Punjab a cambio de cereales”.

Otros, desde luego, lo ven de manera distinta. Rattan Lal, connotado edafólogo de la Universidad Estatal de Ohio y egresado de la Universidad Agrícola del Punjab en 1963, considera que fue el abuso, no el uso, de las técnicas de la revolución verde lo que causó la mayoría de los problemas. Ello incluye el empleo excesivo de fertilizantes, pesticidas y riego, así como la eliminación de los residuos de los cultivos en los campos, en esencia extrayendo los nutrientes del suelo. “Estoy consciente de los problemas de la calidad del agua y su extracción –afirma Lal–, pero salvó a cientos de millones de personas. Pagamos un precio en agua, pero la opción era dejar morir a la gente”.

En cuanto a la producción, resulta difícil negar los beneficios de la revolución verde. India no ha sufrido una hambruna desde que Borlaug llevó sus semillas al país, mientras que la producción mundial de cereales ha aumentado en más del doble. Algunos científicos atribuyen sólo al aumento en el rendimiento del arroz la existencia de 700 millones de personas más en el planeta.

Muchos científicos especialistas en cultivos y agricultores piensan que la solución de nuestra crisis alimentaria actual está en una segunda revolución verde, basada sobre todo en nuestros nuevos conocimientos sobre genética. Los biogenetistas conocen ahora la secuencia de casi todos los alrededor de 50 000 genes de las plantas de maíz y soya, y están aprovechando ese conocimiento en formas que eran inimaginables hace apenas cuatro o cinco años, dice Robert Fraley, técnico en jefe de la gigante agrícola Monsanto. Él está convencido: la modificación genética, que permite a los biogenetistas mejorar los cultivos con rasgos benéficos obtenidos de otras especies, conducirá a la formación de variedades nuevas con mayor rendimiento, menor necesidad de fertilizantes y mejor tolerancia a la sequía: el Santo Grial de la década anterior. Cree que la biotecnología permitirá que en 2030 se duplique el rendimiento de los cultivos fundamentales de Monsanto: maíz, algodón y soya. “Estamos listos para contemplar quizá el periodo más grandioso de adelantos científicos fundamentales en la historia de la agricultura”.

África es el continente donde nació el Homo sapiens y dados sus suelos desgastados, las lluvias irregulares y la creciente población, bien podría ofrecer un atisbo al futuro de nuestra especie. La revolución verde nunca llegó al continente por numerosos motivos (falta de infraestructura, corrupción, mercados inaccesibles). De hecho, la producción agrícola per cápita disminuyó en el África subsahariana entre 1970 y 2000, mientras que la población aumentó vertiginosamente, dejando un déficit alimentario anual de 10 millones de toneladas. En la actualidad es el hogar de más de un cuarto de las personas más hambrientas del mundo.

Diminuto, sin salida al mar, Malaui, apodado el “corazón ardiente de África” por una esperanzada industria turística, se halla también en el centro del hambre, caso emblemático de los males agrícolas del continente. La mayoría de los malauíes, que habitan uno de los países más pobres y densamente poblados de África, cultivan maíz y a duras penas sobreviven con menos de dos dólares al día. En 2005, las lluvias fallaron otra vez en Malaui y más de un tercio de su población de 13 millones necesitó ayuda alimentaria para sobrevivir. El presidente de Malaui, Bingu wa Mutharika, declaró que no fue elegido para gobernar un país de mendigos.

Tras un fracaso inicial de persuadir al Banco Mundial y otros donantes para que contribuyeran a subsidiar los insumos para la revolución verde, Bingu, como lo conocen en su tierra, decidió gastar 58 millones de dólares de las arcas de su país para poner en manos de los agricultores pobres semillas híbridas y fertilizantes. A la larga, el Banco Mundial se unió al empeño y persuadió a Bingu para que dirigiera el subsidio a los agricultores más pobres. Alrededor de 1.3 millones de familias agrícolas recibieron cupones que les permitían comprar tres kilogramos de semillas de maíz híbridas y dos sacos de 50 kilogramos de fertilizante a un tercio del precio de mercado.

Lo que sucedió después se ha denominado el “Milagro de Malaui”. Buenas semillas y un poco de fertilizante (y el regreso de lluvias abundantes) contribuyeron a que los agricultores obtuvieran excelentes cosechas durante los dos años siguientes (las cosechas del año pasado, sin embargo, disminuyeron un tanto). La cosecha de 2007 se calculó en 3.44 millones de toneladas métricas, un récord nacional. “Pasaron de un déficit de 44 % a un superávit de 18 %, duplicando su producción –afirma Pedro Sánchez, director del Programa de Agricultura Tropical de la Universidad de Columbia, quien asesoró al gobierno de Malaui en el programa–. El año siguiente tuvieron un superávit de 53 % y exportaron maíz a Zimbabue. Fue un cambio espectacular”.

Tan espectacular que, de hecho, ha llevado a una mayor conciencia sobre la importancia de las inversiones agrícolas en la reducción de la pobreza y el hambre en lugares como Malaui. En octubre de 2007, el Banco Mundial emitió un informe de suma importancia, en el que se concluye que el organismo, los donantes internacionales y los gobiernos africanos se han quedado cortos en la ayuda a los agricultores pobres de África, además de haber descuidado las inversiones en agricultura durante los 15 años anteriores. Tras décadas de desalentar las inversiones públicas en agricultura, y de hacer un llamamiento en favor de las soluciones de mercado, que rara vez se materializaron, en los últimos dos años instituciones como el Banco Mundial han cambiado el curso y aportado fondos a la agricultura.

El programa de subsidios de Malaui es parte de un movimiento de mayor envergadura que busca llevar, finalmente, la revolución verde a África. Desde 2006 la Fundación Rockefeller y la Fundación Bill y Melinda Gates han donado casi 500 millones de dólares para financiar la Alianza para una Revolución Verde en África, que se centra principalmente en llevar programas de mejoramiento de plantas a universidades africanas, y fertilizantes suficientes a los campos de los agricultores. Sánchez, junto con el destacado economista y guerrero contra la pobreza Jeffrey Sachs, brinda ejemplos concretos sobre los beneficios de este tipo de inversiones en 80 pequeñas aldeas agrupadas en una decena de “aldeas del milenio”, dispersas en los sitios críticos por el hambre en toda África. Con la ayuda de algunas estrellas de rock y actores famosos, Sánchez y Sachs gastan en cada pequeña aldea 300 000 dólares al año. Esa cantidad representa hasta un tercio por persona del PNB per cápita de Malaui, lo que ha orillado a muchos organismos del ámbito del desarrollo a preguntarse si un programa de estas características puede sostenerse a largo plazo.

Phelire Nkhoma, mujer pequeña, enjuta y fuerte, es la agente de extensión agrícola de una de las dos aldeas del milenio de Malaui, en realidad, son siete aldeas en las que habitan 35 000 personas. Ella describe el programa mientras nos desplazamos en una nueva camioneta de la ONU, desde su oficina en el distrito de Zomba, por campos ennegrecidos por incendios, salpicados por el violeta de los árboles de jacaranda. Los aldeanos reciben gratuitamente semillas y fertilizantes, siempre y cuando donen en la temporada de cosecha tres sacos de maíz a un programa de alimentación escolar. Ellos reciben mosquiteros y medicamentos antipalúdicos. Tienen derecho a una clínica con agentes de salud, un granero para almacenar sus cosechas y pozos de agua potable a no más de un kilómetro de cada unidad familiar.

Estos relatos son una recompensa para Faison Tipoti, el dirigente de la aldea. Él desempeñó un papel decisivo para que llevaran el famoso proyecto a su localidad. “Cuando Jeff Sachs vino y preguntó: ‘¿Qué quieren?’, le respondimos que no queríamos dinero, sino harina, pero que nos diera fertilizante y semillas híbridas, y haremos algo bueno”, relata Tipoti con voz grave. Los aldeanos ya no pasan sus días recorriendo el camino suplicando por comida para alimentar a niños de barrigas hinchadas y enfermos.

Sin embargo, ¿ la respuesta a la crisis alimentaria mundial es en verdad una repetición de la revolución verde, con el tradicional paquete de fertilizantes sintéticos, plaguicidas y riego, supercargada por semillas genotecnológicas? El año pasado, un estudio a gran escala, llamado Evaluación internacional de la ciencia y la tecnología agrícolas para el desarrollo, llegó a la conclusión de que los inmensos aumentos en la producción generados por la ciencia y la tecnología en los últimos 30 años no han logrado mejorar el acceso a los alimentos de la mayoría de las personas pobres del mundo. El estudio, que duró seis años, comenzado por el Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, y en el que participaron unos 400 expertos agrícolas de todo el mundo, hizo un llamamiento para un cambio de paradigma en la agricultura, hacia prácticas más sostenibles y respetuosas con el medio ambiente que beneficiarían a los 900 millones de pequeños agricultores del mundo, no sólo a la agroindustria.

El legado de suelos corrompidos y acuíferos agotados de la revolución verde es una de las razones por las cuales deben buscarse nuevas estrategias. Otra razón es aquello que el autor y profesor de la Universidad de California en Berkeley, Michael Pollan, llama el tendón de Aquiles de los actuales métodos de la revolución verde: una dependencia de los combustibles fósiles. El gas natural, por ejemplo, es una materia prima de los fertilizantes nitrogenados.

Hasta ahora, los descubrimientos genéticos que liberarían los cultivos de la revolución verde de su gran dependencia en el riego y los fertilizantes han sido escurridizos. Fraley predice que su empresa tendrá hacia 2012 maíz tolerante a sequías en el mercado de Estados Unidos. Sin embargo, el rendimiento prometido durante los años de sequía sólo es entre 6 y 10 por ciento mayor que el de los cultivos normales golpeados por la sequía. Así, ha comenzado un cambio orientado hacia proyectos pequeños e insuficientemente financiados, dispersos en toda África y Asia. Algunos llaman a esto agroecología; otros, agricultura sostenible, pero la idea subyacente es revolucionaria: debemos dejar de concentrarnos en sólo maximizar el rendimiento de los cereales a cualquier costo y considerar las repercusiones que tiene la producción de alimentos tanto en el medio ambiente como en la sociedad. Vandana Shiva, física nuclear convertida en agroecologista, es la crítica más acérrima de la revolución verde de India. “La denomino como los monocultivos de la mente –dice–. Sólo se fijan en los rendimientos del trigo y el arroz, pero en general la canasta de alimentos está disminuyendo. Antes de la revolución verde había en el Punjab 250 tipos de cultivos”. Su investigación ha demostrado que el empleo de composta en lugar de fertilizantes derivados del gas natural aumenta la presencia de materia orgánica en el suelo, capturando carbono y reteniendo humedad, dos ventajas fundamentales para los agricultores que afrontan el cambio climático. “Si hablamos de resolver la crisis alimentaria, estos son los métodos que hacen falta”, agrega Shiva.

En la región septentrional de Malaui un proyecto está obteniendo muchos de los resultados del proyecto de las aldeas del milenio, a una fracción del costo. El proyecto Soils, Food and Healthy Communities (SFHC) distribuye semillas de leguminosas, recetas y consejos técnicos para cultivar productos nutritivos como maní, guandú y soya, que enriquecen el suelo al fijar el nitrógeno, al tiempo que enriquecen también la alimentación de los niños. El programa comenzó en el año 2000 en el hospital de Ekwendeni, donde el personal observaba altas tasas de malnutrición.

Una investigación sugería que el culpable era el monocultivo de maíz, que había dejado a los pequeños agricultores con rendimientos pequeños debido a suelos agotados y el elevado precio del fertilizante.

En la pequeña aldea de Encongolweni, un grupo de veinte agricultores del SFHC nos da la bienvenida con una canción sobre los platillos que elaboran con soya y guandú. Tomamos asiento en la casa donde se reúnen, como si estuviéramos en una tienda de antaño, mientras ellos testimonian cómo la siembra de leguminosas les ha cambiado la vida. El relato de Ackim Mhone es típico. Al incorporar leguminosas en la rotación, duplicó el rendimiento del maíz en su pequeña parcela, al tiempo que redujo el uso de fertilizante a la mitad. “Eso fue suficiente para cambiar la vida de mi familia”, refiere, además de permitirle mejorar su casa y comprar ganado. Investigadores canadienses descubrieron que, después de ocho años, los niños de más de 7 000 familias que participan en el proyecto mostraron un considerable aumento de peso, lo cual apoya el argumento de que en Malaui la salud del suelo y la de la comunidad están relacionadas.

Precisamente por ello, la coordinadora de investigación del proyecto, Rachel Bezner Kerr, está alarmada por que las fundaciones de grandes recursos monetarios aboguen insistentemente por una nueva revolución verde en África. “Lo encuentro sumamente perturbador –menciona–. Está estimulando a los agricultores a basarse en insumos caros producidos lejos, que reportan ganancias para las grandes empresas en lugar de métodos agroecológicos para aprovechar los recursos y capacidades locales. No creo que esa sea la solución”.

Sin importar qué modelo prevalezca, el desafío de llevar alimentos suficientes a 9 000 millones de bocas en 2050 resulta abrumador. Dos mil millones de personas viven en las partes más áridas del planeta, y se prevé que el cambio climático cause una disminución radical ulterior de los rendimientos en estas regiones. No importa cuán grande sea el rendimiento potencial, las plantas siguen necesitando agua para crecer. Además, en un futuro no muy distante, cada año podría haber sequía en gran parte del planeta.

Nuevos estudios climáticos demuestran la gran posibilidad de que las ondas de calor extremo, como la que marchitó cultivos y mató a miles de personas en Europa occidental en 2003, se vuelvan comunes en los trópicos y en las regiones subtropicales a finales del siglo. Los glaciares de los Himalayas, que en la actualidad dotan de agua a cientos de millones de personas, ganado y tierras agrícolas de China e India, se están derritiendo rápidamente, y podrían desaparecer por completo hacia 2035. Todo este tiempo sigue avanzando el reloj de la población, con el nacimiento de 2.5 bocas más que alimentar cada segundo. Eso da un total de 4 500 bocas más en el tiempo que le llevará a usted leer este artículo.

Lo que nos regresa, de manera inevitable, a Malthus.

Un día fresco de otoño que ha llenado de color las mejillas de los londinenses, visito la Biblioteca Británica y reviso la primera edición del libro que aún ocasiona tan acalorados debates. El Ensayo sobre el principio de la población de Malthus parece un manual básico de ciencias de octavo grado. De su prosa vigorosa y transparente, surge la voz de un humilde párroco en espera, más que nada, de que le demostraran que estaba equivocado.

“Las personas que afirman que Malthus está equivocado, por lo general no lo han leído –señala Tim Dyson, profesor de estudios demográficos de la London School of Economics–. No tenía una opinión muy distinta de la de Adam Smith en el primer volumen de La riqueza de las naciones. Nadie en su sano juicio duda de la noción de que las poblaciones tienen que vivir dentro de los límites de su base de recursos. Ni de que la capacidad de una sociedad para aumentar sus recursos a partir de esa base es en última instancia limitada”.

Aunque sus ensayos recalcaban los “frenos positivos” a la población fijados por las hambrunas, las enfermedades y la guerras, sus “frenos preventivos” quizá hayan sido más importantes. Una creciente fuerza laboral, explicaba Malthus, reduce los salarios, lo cual tiende a causar que las personas aplacen su matrimonio hasta que puedan sostener mejor una familia. El aplazamiento del matrimonio reduce las tasas de fecundidad, lo cual crea un freno igualmente fuerte para las poblaciones. Hoy día se ha demostrado que este es el mecanismo básico que reguló el crecimiento de la población en Europa occidental durante unos 300 años antes de la revolución industrial.

Pero cuando Gran Bretaña emitió hace poco un nuevo billete de 20 libras, puso en el dorso a Adam Smith, no a T. R. Malthus. No se ajusta a los valores del momento. No queremos pensar en límites. Sin embargo, a medida que nos acercamos a los 9 000 millones de personas en el planeta, hacemos caso omiso de estos límites bajo nuestro propio riesgo.

Ninguno de los grandes economistas clásicos vio venir la revolución industrial, ni la transformación de las economías y la agricultura que traería aparejada. La energía barata y en extremo disponible contenida en el carbón (y después en los combustibles fósiles) desencadenó el mayor aumento en la cantidad de alimentos, riqueza personal y número de personas jamás visto en el mundo, permitiendo que la población de la Tierra aumentara siete veces desde la época de Malthus. Y, sin embargo, el hambre, la hambruna y la desnutrición siguen con nosotros, justo como Malthus dijo que estarían.

“Hace años trabajé con un demógrafo chino –menciona Dyson–. Un día me señaló dos caracteres chinos que estaban sobre la puerta de su oficina y que juntos significan ‘población’. Eran el caracter que significa persona y el caracter que significa boca abierta. Realmente quedé impresionado. En última instancia, debe haber un equilibrio entre la población y los recursos. Y esta noción de que podemos seguir creciendo eternamente, es ridícula”.

Quizá en algún lugar profundo de su cripta en la abadía de Bath, Malthus está haciendo tranquilamente un gesto admonitorio con el dedo y expresando: “Se los dije”.


Escrito por: Joel K. Bourne Jr. el 01 de Junio de 2009
National Geographic - Ver artículo original

La hora de la verdad para Borneo

Las majestuosas selvas están desapareciendo entre humo y serrín, pero aún hay esperanza para la célebre biodiversidad de la isla, si se logra reducir la demanda de aceite de palma.

En primer lugar, permítanme contarles sobre el Borneo de sus sueños.

La selva tropical despierta antes del amanecer con los gritos enloquecidos de los gibones, los despertadores de la selva tropical. Amantes y rivales se cortejan y advierten de su presencia a los otros, desde lo alto de los árboles, en un urgente lenguaje de monos que yo, como habitante terrestre, puedo sólo adivinar.

Mi campamento está junto a un sendero a lo largo de un riachuelo que se interna en la selva pasando árboles cuyas ramas empiezan a brotar más allá de los 30 metros de altura. Cuando la luz solar logra pasar y hacer visible su débil presencia a través de las copas, un macaco de cola larga camina a un lado del arroyo, con la esperanza de desayunar rana o pescado. Cuando el mono desaparece, un par de mangostas de cola corta bajan por la ribera del río, aparentemente más interesadas en jugar que en la comida.

En un claro, un par de cálaos rinoceronte vuelan hacia un árbol frutal con ruidosos movimientos de alas y se empiezan a alimentar. Son prácticamente negros, del tamaño de un pavo, con ornamentos rojos y amarillos sobre sus picos que brillan bajo el sol. Los pájaros opacan todo lo demás en el bosque hasta que una forma del tamaño de una mano pasa volando, sus alas como terciopelo negro, con acentos carmesí y verde eléctrico, colores tan extraordinarios como su nombre: mariposa alas de pájaro de Brooke. Tiene casi 18 centímetros de envergadura y es una de las más grandes del mundo. Si el cálao rinoceronte no fuese suficiente para quitarnos el aliento, o si la llamativa mariposa de Brooke tampoco lo hiciera, tal vez sería hora de confirmar si todavía tenemos pulso.

Más tarde, abordo un pequeño bote y bajamos por un amplio río llamado Kinabatangan, después por un canal lateral del ancho de un callejón. Un conjunto de monos narigudos subía por las ramas sobre nuestras cabezas, camino a lo alto de los árboles, el sitio donde pasarían la noche, al lado del río. El macho de descomunal barriga, con su ridícula nariz enorme que cuelga de su cara como una fruta madura, es tan feo que resulta entrañable. Vigila a un grupo de hembras de nariz puntiaguda; la mayoría amamanta a sus pequeñas crías en brazos. Los langures plateados nos observan desde lo alto y un cerdo barbudo nos mira pasar. Un varano acuático de dos metros de largo cae al agua.

Un elefante pigmeo de Borneo entra en el río y nada frente al bote, resoplando como una ballena. Ya veo a dónde va: una manada de unos 30 animales, un macho de largos colmillos, varias hembras adultas y sus crías, están comiendo junto al río.

Estamos en el mítico Borneo, la isla tropical por antonomasia. Y todo es tan maravilloso como nos lo imaginamos. Pero si se quiere conocer el Borneo real, el de la primera década del siglo XXI, sería bueno ser el águila culebrera chiíla subida en un árbol contiguo al río. Entonces podríamos volar sobre el Kinabatangan y ver la velocidad a la cual el bosque tropical desaparece para dar lugar a hilera tras hilera de palmas de aceite extendiéndose por kilómetros en todas direcciones. Las plantaciones frondosas y verdes le dan una belleza exótica al paisaje, pero para la incomparable biodiversidad de Borneo representan una muerte inexorable.

Localizada entre los mares del Sur de China y de Java, bisecada por el Ecuador, la isla de Borneo tiene una historia de explotación, otros dirían “saqueo”, a manos de una serie de diferentes culturas del mundo.

Los comerciantes chinos llegaron por el cuerno de rinoceronte, la madera aromática llamada gaharu y los nidos de pájaros para la sopa. Después, comerciantes musulmanes y portugueses se les unieron para exportar pimienta y oro. Gran Bretaña y los Países Bajos controlaron la isla durante el periodo colonial, en el siglo XIXy principios del XX, cuando la industria de la tala empezó a explotar la selva de maderas preciosas que cubría la isla. La actual división política de Borneo –las tres cuartas partes al sur pertenecen a Indonesia, la mayor parte del resto a Malasia, y pequeñas regiones que conforman Brunei– es reflejo de las alianzas de la era colonial británica y holandesa, que terminó con la independencia después de la Segunda Guerra Mundial.

En décadas recientes, compañías de Europa, Estados Unidos y Australia han hallado abundante petróleo y gas natural, así como importantes depósitos de carbón. Podemos encontrar mansiones desde Amsterdam hasta Melbourne, de Singapur a Houston, levantadas a partir de las riquezas de Borneo. Estas construcciones también se pueden ver en Yakarta y Kuala Lumpur, porque Indonesia y Malasia, o su élite política y económica, han sido los mayores saqueadores de la isla.

Esta también cuenta con otro tipo de riquezas que atrajeron a personalidades como el gran naturalista Alfred Russel Wallace, quien pasó tiempo en este lugar a mediados del siglo XIX. Wallace recolectó más de 1000 especies nuevas para la ciencia, incluyendo la mariposa de Brooke.

Borneo tiene más de 15 000 especies conocidas de plantas, incluyendo más de 2 500 especies de orquídeas. Las selvas lluviosas tropicales de tierras bajas del sureste de Asia, incluyendo la de Borneo, son las selvas tropicales más altas del mundo, y podrían tener más de 240 especies de árboles en un sitio de 1.5 hectáreas. Borneo también es el hogar de la flor, la orquídea, las plantas carnívoras y la mariposa nocturna más grandes del mundo. La estructura de múltiples niveles de la selva tropical de Borneo proporciona un hogar al mayor conjunto de animales planeadores del planeta. Además de varias especies de ardillas voladoras, hay lagartijas voladoras, colugos voladores, ranas voladoras y, la pesadilla de más de uno, serpientes voladoras.

Los osos malayos y los leopardos nebulosos de Borneo recorren estas selvas mientras un par de especies de gibones y ocho especies de monos viven en los árboles. Unos 1 000 elefantes han logrado sobrevivir en un rincón de la isla, en su mayoría en el lado del estado malayo de Sabah, donde el río Kinabatangan llega al Mar de Sulu. Los rinocerontes apenas se han logrado salvar de la extinción, quedan menos de 50. Pero un animal más carismático, el orangután, es el que se ha convertido en el símbolo de Borneo. Sus ojos expresivos adornan la papelería y las solicitudes de fondos a grupos de conservación de todo el mundo. Si se considera la inigualable biodiversidad de esta isla, que comprende desde orangutanes y rinocerontes, hasta musgos diminutos y escarabajos aún no descubiertos, y la velocidad a la cual se están destruyendo las selvas, Borneo probablemente sea de los lugares que requieren con mayor urgencia de una estrategia de conservación.

Desde una perspectiva satelital, la amenaza de la deforestación inminente parecería una exageración. La mitad de la isla sigue cubierta de árboles y las tierras altas del interior tienen cientos de kilómetros cuadrados de selvas vírgenes donde nadie entra, salvo los cazadores locales, los furtivos y los recolectores de gaharu.

Pero la realidad es completamente diferente, y cada vez más grave, para las selvas tropicales de tierras bajas, el hábitat principal de la mayor parte de la biodiversidad de Borneo, incluyendo a los orangutanes y los elefantes. Durante las últimas dos décadas, unos 8 000 kilómetros cuadrados se talaron anualmente. En 2001, un estudio de la revista Science, llamado “¿El fin de los bosques tropicales de Borneo?”, citó un estudio que predecía que los bosques del Borneo indonesio estarían destruidos para 2010. A pesar de que las intervenciones del gobierno han mitigado la tala ilegal y las exportaciones, la fecha de este fatal pronóstico simplemente se ha pospuesto.

Existen otros factores que podrían volver a acelerar la destrucción. En los últimos 20 años, se han plantado enormes superficies de palma de aceite en todo Borneo para cubrir la demanda del versátil (y lucrativo) aceite derivado de su fruto. El aceite se usa para la cocina y en cosméticos, jabón, postres y una lista aparentemente interminable de productos, incluyendo biocombustible. Indonesia y Malasia son responsables de la producción de 86 % del aceite de palma del mundo. Las condiciones de cultivo son perfectas en Borneo para este oro verde. A pesar de que los conservacionistas alertaron sobre la contribución del aceite de palma a la deforestación global y solicitaron boicotear los productos que lo contienen, Indonesia se ha convertido en el primer productor en el mundo, con 60 000 kilómetros cuadrados de cultivos, cifra que podría duplicarse para 2020.

Si no fuese suficiente con el monocultivo de la palma de aceite, existe en Borneo otro recurso que combina la ganancia económica con el peligro ambiental: la materia vegetal de 300 millones de años de edad y que está bajo la superficie, transformada en carbón. Las minas superficiales, de oro y de carbón, se extienden en el sur y este de Borneo como cicatrices, desplazando el bosque y contaminando los ríos con sus desechos.

En un mundo con conciencia reciente de los peligros del cambio climático, Borneo se ha ganado la atención global por otra razón: un ecosistema especializado llamado turbera que cubre alrededor de 11% de la isla. Aquí, los árboles crecen en suelos altamente orgánicos compuestos por siglos de acumulación de material anegado. A veces, el terreno alcanza una profundidad de 20 metros y representa una fuente masiva de la reserva de carbón en el mundo. Si este ecosistema fuese despojado de sus árboles, la turbera tropical se descompondría y liberaría su carbono a la atmósfera y, ya seca sería muy susceptible a quemarse, ya sea intencional o accidentalmente. Las quemas masivas anuales que se llevan a cabo de manera deliberada para limpiar tierras para nuevos plantíos de palma de aceite, exacerbados por las frecuentes sequías, han ardido fuera de control y llenan los cielos de Borneo de humo, causando el cierre de aeropuertos y problemas respiratorios para millones de personas, afectando incluso a la población del Asia continental. El carbón que es emitido por esos suelos, incendios y deforestación ha hecho que Indonesia ocupe el tercer lugar entre las naciones con mayor emisión de gases de efecto invernadero, después de China y Estados Unidos.

El tiempo se acaba para las selvas tropicales de Borneo. Los modelos convencionales proporcionan poca esperanza. Designar grandes áreas como parques o reservas, lo cual es una práctica común en EUA y otros países, ha sido poco eficiente, al menos en la parte indonesia de la isla, ya además de la corrupción gubernamental existente, se carece de fondos adecuados y del apoyo de los residentes locales, . Pero muchos conservacionistas opinan que la tala, vista muchas veces como el anatema de la vida silvestre, podría, si se practica de forma sustentable, ayudar a proteger una porción significativa de la biodiversidad de la isla.

“La selva tropical virgen ya es un concepto muerto en Borneo –afirma Glen Reynolds, investigador a cargo del Danum Valley Field Center, en Sabah–. Todas las áreas principales de selvas tropicales de tierras bajas que se podían conservar ya están protegidas. Es difícil, pero ahora lo que se tiene que hacer es convencer a la gente de que lo que consideramos un bosque degradado puede sustentar la biodiversidad”.

Este mensaje es complejo pero claro. Para proteger las selvas de Borneo y su vida silvestre se tendrán que replantear las viejas ideas y se deberán aceptar nuevas verdades y adoptar nuevos modelos de conservación. Debido a las grandes cantidades de carbono almacenadas en las plantas y suelos, la mejor opción para el futuro de Borneo podría encontrarse no en el atractivo emocional del rostro del orangután, sino en los datos duros sobre cambio climático y nuestra propia determinación y capacidad para protegernos del desastre.

Del lado opuesto a Sabah, en la provincia indonesia de Kalimantan Occidental, una angosta carretera se aleja de Pontianak, una ciudad cerca del Mar de la China Meridional. Plagado de camiones y motocicletas, el camino pasa junto a tiendas de madera y casas en pequeños poblados separados por plantíos de arroz. La cosecha acaba de empezar y se puede ver a los pobladores golpeando los hatos cosechados contra rejillas de madera o lanzando el grano al aire para que el viento se lleve las cáscaras. Hay pocos rastros de los bosques que alguna vez estuvieron aquí.

Voy viajando con Dessy Ratnasari, una científica cuyo rostro alegre está enmarcado por una mascada azul pálido. Nuestro chofer, Harun, quien al igual que muchos indonesios usa sólo un nombre, habla mientras pasamos al lado de grandes edificios rodeados de hierba.

“En este aserradero trabajó Harun–traduce Ratnasari–. Quebró porque ya no había árboles que talar. Tenía 1 300 trabajadores y una nómina de 800 millones de rupias mensuales”. Esto equivale a unos 90 000 dólares. En los siguientes dos kilómetros, pasamos dos aserraderos cerrados.

“Había varias compañías grandes y algunos molinos más pequeños alrededor de Pontianak –agrega Harun–. Ahora sólo queda una compañía grande en operación”.

¿Cómo desapareció una tercera parte de la selva tropical de Borneo entre 1985 y 2005? Una respuesta directa, aunque quizá un poco simplificada, puede encontrarse en las siglas que los indonesios utilizan para explicar muchos de los problemas que aquejan a su nación: KKN, para korupsi, kolusi, nepotisme (corrupción, colusión, nepotismo). Durante la presidencia de 32 años de Suharto, hasta que este fue forzado a dejar el poder en 1998, los bosques de Indonesia se encontraban entre los muchos recursos que administraba como si fuesen su propiedad, de su familia y de oficiales militares que lo ayudaban a mantenerse en su puesto. Desde que se fue Suharto, el poder político se ha descentralizado y las decisiones sobre los recursos naturales se han vuelto más localizadas. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia el resultado es lo que un conservacionista llama “la democratización de la corrupción”.

Los funcionarios locales, que vieron cómo Suharto y compañía saqueaban el país durante décadas, empezaron a ver por ellos mismos. Muchos gobernadores de provincias, bupati de distrito (regentes) y policías aceptaban sobornos de las compañías madereras para conceder permisos de tala en selvas protegidas y de taladores ilegales para hacer caso omiso de las intrusiones en los parques nacionales, y de compañías de aceite de palma para permitir la tala y quema de bosques. La jurisdicción y tenencia de la tierra eran muy confusas, lo cual empeoraba la situación.

Del otro lado de la frontera, en el Borneo de Malasia, el estado de Sarawak lleva 27 años bajo el control del Ministro en Jefe Abdul Taib Mahmud, cuya administración es reconocida por muchos como dictatorial y corrupta. La tala sin control ha disminuido de tal manera las selvas de Sarawak que la mayoría de los conservacionistas que trabajan para salvar la biodiversidad de Borneo se han dado por vencidos en esta zona y han optado por trabajar en otros lugares de la isla. Tras saquear los bosques, Sarawak concentra su atención en las grandes áreas de turbera de la costa, convirtiéndolos rápidamente en zonas para el cultivo de la palma de aceite, a pesar de las preocupaciones de los ambientalistas sobre emisiones de carbono.

El mundo natural tiene una mejor suerte en Sabah, el estado malayo al norte de Borneo. Pese a que los plantíos de palma de aceite han prosperado en este lugar, más de la mitad de Sabah sigue forestada. Mucha de la selva ha sido talada y cada vez se convierten más hectáreas en plantíos de árboles comerciales, pero Sabah tiene uno de los mejores ejemplos de selva lluviosa de calidad: Las Áreas de Conservación del Valle Danum y la cuenca de Maliau (la nación de Brunei tiene tanto dinero del petróleo que no ha tenido necesidad de explotar sus selvas. Tiene algunas de las selvas tropicales en mejores condiciones de Borneo, pero dado que ocupa sólo 1% del territorio de la isla, su contribución no es representativa en el esquema general de conservación).

“Buen gobierno” es una frase burocrática que los diplomáticos y organizaciones no gubernamentales utilizan con frecuencia en Malasia e Indonesia. En otras palabras, lo que quieren decir es que los políticos y sus secuaces deberían sacar las manos de los bolsillos de la población empobrecida y abrir las acciones del gobierno al escrutinio público y al debate libre. Todos los que trabajan en la conservación en Borneo están de acuerdo con que no servirán los esfuerzos en forma de leyes o reglamentos, parques o áreas protegidas, si no se tiene un buen gobierno.

“El gobierno es casi todo, en el sentido de que si no logramos que la situación sea la correcta, nada importa”, dice Frances Seymour del Center for International Forestry Research (CIFOR), una organización internacional con base en Indonesia comprometida con la conservación de las selvas y la mejora de los modos de vida de las personas de los trópicos. Han observado señales alentadoras de progreso en Indonesia, al menos en los niveles más altos del gobierno, en especial desde 2004, cuando Susilo Bambang Yudhoyono fue electo presidente. Otro gran paso inició en 2000, cuando la policía nacional se separó de los militares, una organización notoriamente corrupta con lazos fuertes con la tala y el comercio ilegal. Mejores noticias llegaron en 2005, cuando el general Sutanto fue designado el jefe nacional de la policía. “No hay un líder de las fuerzas de la ley en ningún lugar del mundo que haya logrado tanto como él”, me comentó un funcionario estadounidense en Yakarta.

Se han realizado cientos de arrestos por actividades ilegales de tala desde entonces, concentrándose no sólo en los trabajadores que hacen la labor física (que pueden ganar apenas dos dólares al día), sino, ocasionalmente, también en compradores de nivel medio y funcionarios del gobierno, incluyendo al ex gobernador de la provincia indonesia de Kalimantan Oriental y muchos trabajadores en el corrupto Ministerio Forestal. El Parque Nacional de Gunung Palung, en Kalimantan Occidental, alguna vez una historia de horror de tala y caza sin control, ha dado un giro completo gracias a un director honesto y dedicado que tiene a su gente patrullando el parque con aeronaves ultraligeras y botes.

En el nivel nacional, muchos ministros indonesios tienen altas calificaciones, o al menos logran evaluaciones aprobatorias, por su dedicación a la reforma. “Y, sin embargo, me atrevo a afirmar que en este pueblo es imposible lograr que un policía haga algo sin exigir un soborno”, comentó una persona relacionada con un pequeño grupo de conservacionistas del lugar (frecuentemente, en mis pláticas con los activistas, me pedían que no hiciera público el nombre de quien me daba la información).

En varias capitales de distrito que visité, el resultado más patente del aumento en la autonomía local era un nuevo complejo de oficinas de gobierno, el segundo resultado más obvio era la extravagante nueva casa del bupati. “El reto –dice Frances Seymour– está en cómo ayudar a las comunidades y gobiernos locales a tomar mejores decisiones a largo plazo, porque lo que hay ahora es un frenesí a corto plazo por ganar dinero, y de aquí a 10 años los trabajos y las fuentes de ingresos habrán desaparecido”. Y las zonas internas de Indonesia seguirán tan pobres como siempre.

Una carretera serpentea por las escarpadas colinas de piedra caliza en Kalimantan Oriental, siguiendo una ruta que hace cinco años era un camino de tierra de los madereros. Hoy no hay nada más que matorrales en todas direcciones.

Después de cruzar un puente sobre el río Telen, nos detenemos cerca de una casa al lado de la carretera, que apenas califica para tener este nombre. Es una plataforma de madera al aire libre de no más de un metro cuadrado, elevada sobre troncos de la altura de una persona. El techo es una lámina de plástico azul sostenida por postes. Una mujer y dos niños están sobre la plataforma y otros tres niños juegan debajo.

Los troncos talados están esparcidos en un campo pasando la casa. El suelo está ennegrecido por la quema reciente, y aún hay humo que sale en ciertos lugares. Varios hombres y mujeres trabajan en el campo con machetes y palos para cavar, hechos de la madera nativa conocida como belian. Estoy viendo con mis propios ojos la destrucción del bosque y pérdida de hábitat.

Se acercan dos hombres a hablar con nosotros: Udan Usat e Ismael, tío y sobrino. Portan sombreros cónicos estilo javanés para protegerse del intenso sol. Sus rostros y brazos están cubiertos de hollín marcado por surcos de sudor.

Son de la tribu kenyah y se mudaron a este lugar el año pasado. Antes vivían en un poblado llamado Long Noran, en el río Wahau, en el interior de Borneo. Sólo quedan matorrales y toda el área alrededor de su pueblo, que estaba dentro de la concesión maderera de la compañía, se quemó en los masivos incendios de 1997 y 1998. Las llamas fueron encendidas por compañías que preparaban la tierra para plantaciones y después se desperdigaron rápidamente a las tierras vecinas en la temporada de sequía.

“Teníamos jardines, árboles frutales, árboles de hule y cultivos de hortalizas. Todo se quemó –comenta Udan Usat–. Había un conflicto con la maderera. Nos acusaron de empezar los incendios, pero no es verdad. Los incendios vinieron de muy lejos”.

Las cosas se pusieron muy difíciles después de eso. “Donde vivíamos había que hacer un viaje en barco y 15 kilómetros por tierra para llegar al asentamiento más cercano con un mercado –apunta–. Era caro usar el barco”.

El gobierno prometió que cada familia podría tener cinco hectáreas a lo largo de la carretera, si estaban dispuestos a mudarse a este lugar. Algunos pobladores vinieron a ver la tierra, tuvieron una junta y 169 familias decidieron empezar de nuevo aquí.

“Ahora, estamos entre dos poblados, así que será más sencillo vender nuestras cosechas cuando los campos empiecen a producir”, dice Ismael. Las familias vecinas se ayudan unas a otras y trabajan en diferentes sembradíos cada día. Cultivarán arroz, plátanos y la fruta roja y espinosa conocida como rambután. La quema que acaban de realizar ayudará con la fertilidad del suelo y esperan tener sus primeras cosechas el próximo año. Ismael era el jefe de la escuela primaria de Long Noran y, algún día, si hay suficientes niños aquí en el río Telen, las familias podrían construir una escuela.

“La vida será mejor aquí, es nuestra esperanza”, concluye Ismael.

Les agradezco haber hablado conmigo y me pregunto si debería retribuirlos con algo de dinero. Mis binoculares cuestan más de lo que ambos ganarán en más de un año. Me doy la vuelta y una niña de unos siete años me muestra una bolsa de plástico con dos ontok, bolas de masa frita y lemper, arroz envuelto en una hoja de coco, un regalo para mí. Me da la bolsa y su sonrisa me rompe el corazón.

A pesar de los nuevos rascacielos asombrosos que surgen alrededor de Yakarta, a pesar de los automóviles nuevos que congestionan sus calles, el hecho esencial que influye en la conservación de Borneo es la extrema pobreza de la mayoría de los indonesios, quienes ocupan tres cuartas partes de la isla. La estrategia adoptada por los ambientalistas para salvar la biodiversidad de Borneo deberá ofrecer, en primer lugar, formas de mejorar la vida de sus residentes.

“Nada es tan importante como el hambre –añade Albertus del grupo Green Borneo, con sede en Pontianak–. Las agencias de apoyo tienen que cambiar su forma de pensar sobre esto. Mejor salud, mejor educación, mejores condiciones económicas, esto es lo que ayudará a proteger los bosques.

Conforme me enseña los ecosistemas de Kalimantan Occidental y las economías destrozadas por la tala no sustentable, Dessy Ratnasari se asegura de informarme también sobre los beneficios que ha traído. “Muchos habitantes de Kalimantan Occidental crecieron con el dinero de las madereras –afirma–. Yo misma crecí gracias a los efectos multiplicadores de esta, ya que mi padre tenía una pequeña tienda de ropa y el dinero que la gente gastaba ahí venía de la madera. Por eso pude ir a la escuela y educarme”.

“Hati-hati” es una de las pocas frases que he aprendido de indonesio. Significa “precaución”, así como en los letreros colocados al lado de este camino de tierra que dicen “hati-hati, zona de tala”. Es una mañana caliente en Kalimantan Oriental y voy en un camión con Erik Meijaard, un científico conservacionista holandés asociado con la Nature Conservancy que ha trabajado en Borneo durante 15 años, y su colega Nardiyono. Hemos atravesado kilómetros de matorral y el paisaje no da señales de cambiar en ningún momento. Esta zona alguna vez fue selva tropical lluviosa de tierras bajas, pero se limpió y nunca fue reforestada. Ahora sólo hay arbustos, árboles pequeños, helechos y pasto, todo lleno de enredaderas.

“Es triste, ¿verdad? –dice Meijaard, tras leer mis pensamientos–. Y sin embargo, este es el tipo de selva donde Nardi y yo encontramos las mayores concentraciones de orangutanes”. Al decir “encontramos” quiere decir que han contado los nidos que los orangutanes hacen cada noche u otras señales que han descubierto que indican la presencia de estos animales. De todos los grandes monos, los orangutanes son los más solitarios, difíciles de localizar incluso cuando existen en grandes números. Meijaard me ha dicho que en realidad sólo ha visto dos orangutanes salvajes en los últimos dos años y medio de trabajo de campo regular.

El camión sube por una suave pendiente en la carretera y –aquí casi siento que debo insistir en que no estoy inventando la historia– hay una cosa café rojiza en la carretera. Lo veo, pero mi mente se resiste a aceptarlo. A ver, medio día, matorrales despojados… animal en la carretera.. ¿qué será? ¿un gibón?

“¡Orangután!”, gritan Erik y Nardi al mismo tiempo. El camión frena y todos nos bajamos y vemos cómo el orangután regresa al bosque junto a la carretera. Lo sigo con mis binoculares mientras se escapa, deteniéndose varias veces para voltear a vernos, hasta que baja una colina y lo pierdo de vista.

El taciturno Nardi está muy emocionado. “¡Qué suerte la tuya! –comenta una y otra vez–. ¡Un orangután, en la carretera!”. Las frases expletivas y superlativas abundan. Los visitantes de Borneo casi nunca ven un orangután salvaje, la mayoría ve algunos animales semidomesticados en conocidos centros de rehabilitación, como Sepilok, en Sabah, o en el Parque Nacional de Tanjung Puting en Kalimantan Central.

No obstante, este incidente nos revela más que mi gran suerte. Lo que acabo de ver simboliza uno de los asuntos más importantes para la biodiversidad de Borneo, y una leve esperanza de preservarla. “La selva talada es el futuro para la vida silvestre de Borneo”, asegura Siew Te Wong, quien trabaja en la conservación del oso malayo, en peligro de extinción.

“En Borneo, las especies no se extinguen en una gran superficie como resultado de una ronda de tala, o incluso dos o tres –menciona Junaidi Payne, de la oficina de WWF de Sabah–. El equilibrio de especies cambia muchísimo, pero incluso las especies especializadas de aves, orquídeas o epífitas siguen ahí, si se busca un poco en los valles y los pantanales. Así que se pueden talar las selvas y conservar la biodiversidad. Lo que no se puede hacer es convertir todo en un plantío de monocultivos”, como la palma de aceite. “Entonces, por supuesto, todo se pierde. Es un desierto biológico”.

El geógrafo de la WWF, Raymond Alfred, me enseña la Reserva de la Selva de Ulu Segama, propiedad del Estado, donde la selva ha sido talada legalmente y se ha conservado una vegetación que se ve realmente endeble, si se compara con la selva gigantesca del Valle Danum. Sin embargo, los investigadores han encontrado la mayor concentración de orangutanes en Borneo aquí, y la especie está prosperando en sitios similares por toda la isla.

En Kalimantan Oriental, Meijaard ha pasado en años recientes la mayoría de su tiempo trabajando con empresas madereras para ayudarlas a hacer una tala sustentable, y con los locales para encontrar formas de generar ingresos a partir de las selvas. Los puristas podrían decir que la meta principal de la conservación en Borneo sería aislar vastas áreas de selva virgen, pero para los biólogos que tratan con la realidad cotidiana, un acuerdo es la única alternativa realista.

Cuando Meijaard pasa tiempo en los poblados discutiendo la elección entre la conservación del bosque y las plantaciones de palma de aceite, nunca menciona a los orangutanes. “La gente se aburre de eso en cinco minutos. Para ellos sólo es otro mono en un árbol que los occidentales quieren venir a ver. Pero si les hablo sobre los peces de los ríos o los cerdos de la selva, entonces prestan atención, porque son recursos que pueden obtener de la selva”.

Meijaard no es sentimentalista sobre la industria maderera y la santidad de la selva tropical virgen. “Vamos, son los trópicos, las plantas volverán a crecer –afirma–. Estas selvas necesitan hacer dinero de alguna manera”. De otra forma, inevitablemente serán convertidas en plantíos de palma de aceite o pulpa de madera.

“Se está intentando lograr que las personas que tienen oportunidades económicas en este momento pospongan sus beneficios por otros en el futuro a largo plazo –dice el conservacionista Paul Hartman–. El bupati ocupa su cargo por cinco años, y lo que tiene en mente es hacerse de dinero en este momento”.

La administración sustentable de los bosques, una tala que proporcione ingresos sin comprometer la viabilidad a largo plazo del ecosistema no es fácil de vender. En Sangatta, Kalimantan Oriental, platico con Daddy Ruhiyat, consejero del gobierno local en temas de conservación. “Hemos pedido a las empresas madereras que nos muestren que las selvas son tan productivos financieramente como la palma de aceite –menciona–. Pero hoy en día no hay nuevas ideas provenientes de este sector para hacer que la tierra sea más productiva.

Ruhiyat ve un lugar para la industria maderera en su distrito, pero principalmente en las plantaciones de teca, que crece rápidamente, y puede cosecharse cada 15 años. “Queremos especies que puedan resultar productivas en una rotación relativamente corta –señala–. Tenemos que plantar selvas. Es la única manera”.

Le pregunto cómo se siente sobre las personas como yo –de un país que cortó sus árboles, minó su carbón, saqueó su vida natural y se enriqueció a partir de ella– que vienen a Borneo a cuestionar a los locales respecto a sus decisiones sobre la conservación.

“Es razonable que las personas de otros países estén consternadas por el medio ambiente en Borneo –opina–. No estoy resentido con esto. Pero el paso más importante es hacer que la gente tenga mejores ingresos. Empieza con las plantaciones de palma de aceite, que traen dinero para que la gente pueda vivir mejores vidas. Es difícil que las poblaciones hambrientas aprecien la naturaleza”.

Glen Reynolds del Centro de Campo del Valle Danum sostiene que el “pago por los servicios ambientales” es lo único que contribuirá a alejarse de la tala y las plantaciones de palma. Utiliza el término general para buscar forma de pagar a las comunidades, regiones o países para que conserven sus ecosistemas sanos y en funcionamiento. “Sin eso no habrá selva tropical en Borneo en 10 años”, asevera Reynolds.

El Protocolo de Kyoto de 1997, sobre la reducción de gases de efecto invernadero para combatir el cambio climático, es controvertido en tanto que no hizo provisiones para pagar por la protección de estas selvas y sólo plantea “evitar la deforestación”. Empero, en diciembre de 2007, una conferencia multinacional en Bali, Indonesia, retomó el asunto ya que estaba considerando revisiones a dicho acuerdo. Un nuevo acrónimo, REDD (Reducing Emissions from Deforestation and Forest Degradation) llegó al frente del debate sobre cambio climático, y los conservacionistas de Borneo inmediatamente lo vieron como quizá la última y mejor esperanza para el futuro, ya que ofrecía la posibilidad de un marco para que las naciones ricas combatieran el cambio climático pagando por la preservación de áreas importantes de selva tropical lluviosa. Hay muchos y muy grandes problemas que tiene que enfrentar REDD para su implementación pero, para las personas que están viendo desaparecer las selvas de Borneo, es un inicio.

“Yo diría que REDD es un prospecto muy grande en el horizonte –dice Frances Seymour de CIFOR–. Seamos claros: ¿por qué talan las personas? Por el dinero. Si les das la oportunidad de ganar lo mismo o más al salvar los árboles, ahí está la respuesta”.

Al final, la conservación en Borneo no intenta salvar la belleza del lugar o los orangutanes o elefantes y ni siquiera gira en torno al aceite de palma. Ningún conservacionista de los que entrevisté piensa que el aceite de palma es intrínsecamente maligno, y la mayoría estuvo de acuerdo en que una industria bien administrada podría beneficiar a la población empobrecida, sin sacrificar las riquezas biológicas de Borneo. Anne Casson, cofundadora del grupo ambiental SEKALA, expresa la opinión de la mayoría al afirmar: “No creo que haya quien diga que no se puede producir más aceite de palma. Pero, ¿a dónde nos lleva? Se pueden cultivar las tierras degradadas y no las forestadas. Hoy en día, los permisos de cultivo de la palma se han repartido sin tener en cuenta las cuestiones ambientales. Esto cambiaría si hubiese suficiente voluntad política y buena planeación del espacio”.

Pero todo se reduce a una sola cosa. “Esto es por el dinero –sentencia Casson–. Dinero, dinero, dinero”.

Aquí hay otro sueño. A lo largo de un camino de tierra, en el sur de Borneo, hay una casa de madera de una habitación con unos cuantos plátanos en el patio y un pequeño jardín cultivado atrás. Junto a la casa un hombre de rodillas lava una motocicleta Yamaha Jupiter Z.

El nombre de este personaje es, digamos, Pak Wang. Con su nueva motocicleta puede ir al poblado más cercano en cuestión de minutos en lugar de caminar casi una hora por la carretera. En el pueblo puede ver a sus amigos, comprar cosas, ir al bar de karaoke, y ver televisión en el restaurante de su tío.

Pak Wang quiere un teléfono celular. Si lo tuviera sería más fácil para él hacer planes con ellos y reunirse con la joven de nombre Unita quien vende fruta en el puesto callejero de la ciudad.

Entonces. Este es el mensaje para el mundo. Si queremos proteger las selvas de Borneo, preservar una parte sustancial de su maravillosa biodiversidad, asegurarnos de que los orangutanes tengan lugares para construir sus nidos cada noche y que los cálaos tengan fruta que comer y que las ranas voladoras tengan árboles para vivir, sólo hay una manera de hacerlo. Tenemos que encontrar la forma de que Pak Wang compre su teléfono. Y, después de que se case con la hermosa vendedora de fruta, contribuir a que encuentre una manera de mantener a sus hijos sanos y enviarlos a la escuela. Que pueda ofrecerles un mejor futuro sin tener que convertir sus selvas en plantaciones de palma de aceite o en los estériles yacimientos de las minas.

Y necesitamos hacerlo mientras todavía haya algo que proteger.


Escrito por: Mel White el 01 de Noviembre de 2008
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Un mundo sin noche: los daños ecológicos de la luz artificial

Nuestras noches se esfuman

Si el hogar del ser humano de verdad estuviera bajo la luz de la luna y las estrellas, nos internaríamos en la oscuridad con gusto; el mundo de la noche nos sería tan visible como para el vasto número de especies nocturnas del planeta. Sin embargo, somos criaturas diurnas, con ojos adaptados a la vida bajo la luz del sol. Este es un hecho evolutivo básico, aunque muchos de nosotros no nos concibamos como tales. Aun así, esta es la única manera de explicar lo que hemos hecho a la noche: llenándola de luz, la rediseñamos para que nos dé cabida.

Este tipo de diseño no difiere mucho de aquel con el que construimos presas en los ríos. Sus beneficios presuponen consecuencias –que se traducen en contaminación lumínica–, y sus efectos apenas comienzan a estudiarse. En general, la contaminación lumínica es resultado de una iluminación mal planeada, la cual permite que la luz artificial brille hacia afuera y hacia arriba, en dirección al cielo; en vez de esto, debería concentrarse hacia abajo. Esta desvanece la oscuridad y altera radicalmente los niveles de luz –así como sus ritmos–, a los cuales muchas formas de vida, incluida la nuestra, se han adaptado. Cada vez que la luz humana se desborda en el mundo natural, algún aspecto de la vida –la migración, la reproducción, la alimentación– se ve afectado.

Durante gran parte de la historia humana, el término “contaminación lumínica” no habría tenido sentido. Hoy en día, la mayor parte de la humanidad vive bajo domos intersecados de luz que se refleja y se refracta, de rayos dispersos que provienen de ciudades, suburbios, de carreteras y fábricas demasiado alumbrados. Casi en su totalidad, la noche europea es una nebulosa de luz, así como la mayor parte de la de Estados Unidos y toda la de Japón. En el Atlántico del sur, el brillo de una sola flota de pescadores de calamar, que atraen a sus presas con lámparas de halogenuro metálico, se puede ver desde el espacio ya que su luz, de hecho, brilla más que la de Buenos Aires o Río de Janeiro.

En muchas ciudades, parece que el cielo se ha quedado sin estrellas, las cuales han sido sustituidas por una bruma vacía que refleja nuestro miedo a la oscuridad y recuerda el fulgor de una apocalíptica novela de ciencia ficción. Nos hemos acostumbrado tanto a esta omnipresente bruma naranja que la antigua gloria de las noches oscuras –tan negras que el planeta Venus proyectaba sombras sobre la Tierra– está mucho más allá de nuestra experiencia, casi más allá de la memoria. Y aun así, por sobre el pálido cielo raso de la ciudad, se extiende el universo: un fulgurante racimo de estrellas, planetas y galaxias que brillan en una oscuridad de apariencia infinita.

Hemos alumbrado la noche como si fuese un terreno baldío, lo que no podría estar más alejado de la realidad. Tan sólo entre los mamíferos, la cantidad de especies nocturnas es asombrosa. La luz es una fuerza biológica poderosa; funciona como un imán para muchas criaturas. Su influencia es tan poderosa que los científicos sostienen que las aves canoras y las marinas son “encandiladas” por reflectores en tierra o por la luz de las balizas de gas de las plataformas petroleras marinas, lo cual las hace dar vueltas y vueltas hasta que caen. Al migrar de noche, las aves son proclives a chocar con edificios altos y muy alumbrados.

Por supuesto, los insectos se amontonan alrededor de los faroles, por lo que muchas especies de murciélagos se han habituado a alimentarse en ellos. En algunos valles de Suiza, el murciélago pequeño de herradura comenzó a desaparecer tras la instalación de alumbrado público, quizá porque estos valles de pronto se llenaron de murciélagos enanos atraídos por la luz. Otros mamíferos nocturnos –incluidos roedores del desierto, murciélagos de la fruta, zarigüeyas y tejones– se alimentan con más precaución bajo el permanente fulgor nocturno, ya que se han convertido en blancos más fáciles para sus depredadores.

Algunos pájaros –mirlos y gorriones, entre otros– cantan a deshoras en presencia de luz artificial. Los científicos han determinado que los días artificialmente largos –y las noches artificialmente cortas– provocan reproducción temprana en una amplia variedad de aves. Y dado que los días más largos causan periodos de alimentación más extensos, también pueden trastornar los patrones de migración. Una población de cisnes de Beckwick, que invernaba en Inglaterra acumuló grasa más rápidamente de lo habitual, lo que los condujo a adelantar su migración a Siberia. Partir antes podría significar llegar cuando las condiciones de anidamiento aún no son óptimas.

En época de desove, las tortugas marinas, que muestran preferencia natural por las playas oscuras, encuentran cada vez menos lugares donde anidar. Sus crías se ven atraídas por los horizontes más brillantes y con mayor reflexión de luz y, se confunden con el alumbrado artificial que está detrás de la playa. Tan sólo en Florida, las pérdidas en crías de tortuga suman cientos de miles cada año. Las ranas y los sapos que viven cerca de carreteras muy alumbradas sufren de niveles lumínicos nocturnos hasta un millón de veces más intensos que los normales, lo que desequilibra casi todos los aspectos de su comportamiento, incluyendo los cánticos corales nocturnos de los sapos en época de reproducción.

De todos los tipos de contaminación que enfrentamos, la lumínica quizá sea la más fácil de remediar. Unos cambios sencillos en los diseños y la instalación de alumbrado se traducirían en cambios inmediatos en la cantidad de luz que se dispersa a la atmósfera y, en muchas ocasiones, en un ahorro inmediato de energía.

Alguna vez se pensó que esta alteración sólo afectaba a los astrónomos, quienes necesitan observar el cielo nocturno en toda su gloriosa claridad y, de hecho, algunos de los primeros esfuerzos de la sociedad civil para controlar la contaminación lumínica –en Flagstaff, Arizona– se llevaron a cabo para cuidar la vista desde el Observatorio Lowell, que se alza por encima de aquella ciudad. En 2001 se declaró la primera ciudad internacional de cielo oscuro. Para este momento, los esfuerzos por controlar la contaminación lumínica se han extendido alrededor del mundo. Más y más ciudades, e incluso países como la República Checa, se han comprometido a reducir la iluminación no deseada.

A diferencia de los astrónomos, la mayoría de nosotros podría no necesitar una visión ilimitada del cielo nocturno; pero como muchas otras criaturas, sí necesitamos la oscuridad, la cual es tan esencial para nuestro bienestar biológico, para nuestro reloj interno, como la luz misma. La oscilación regular entre la vigilia y el sueño en nuestras vidas –uno de nuestros ritmos circadianos– es tan fundamental para nuestro ser que alterarlos es como alterar la gravedad.

Durante casi todo el último siglo, hemos llevado a cabo un experimento abierto con nosotros mismos al alargar el día, al acortar la noche y provocar cortocircuitos en la respuesta sensible del cuerpo humano a la luz. Las consecuencias de este nuevo y alumbrado mundo se perciben con más claridad en criaturas menos adaptables que viven bajo el resplandor periférico de nuestra prosperidad. Sin embargo, la polución lumínica también podría cobrarle una factura biológica a los humanos. Al menos un estudio reciente ha sugerido una relación directa entre el incremento de los niveles de cáncer de mama en las mujeres y la brillantez nocturna de sus vecindarios.

Al final, los humanos no se ven menos atrapados por la perturbación lumínica que las ranas de una charca cercana a una carretera muy alumbrada. Al vivir bajo un fulgor creado por nosotros mismos, nos hemos aislado de nuestro patrimonio evolutivo y cultural: la luz de las estrellas y los ritmos del día y la noche. En un sentido muy real, la contaminación lumínica provoca que perdamos de vista nuestra verdadera posición en el universo y que olvidemos la propia dimensión, la cual sólo puede comprenderse de acuerdo con las dimensiones de una noche oscura con la Vía Láctea –el límite de nuestra galaxia– dibujando un arco en las alturas.


Escrito por: Verlyn Klinkenborg el 01 de Noviembre de 2008
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Basura tecnológica

¿Su televisor o su computadora desechados terminarán en una cuneta en Ghana?

Junio es la temporada de lluvias en Ghana, pero aquí, en Accra, la capital, la lluvia matutina ha cesado. Conforme el sol calienta el aire húmedo, las columnas de humo negro empiezan a elevarse sobre el extenso mercado de Agbogbloshie. Sigo una de ellas para hallar su origen, que se encuentra un poco más adelante de los vendedores de plátanos y lechugas, después de los puestos de llantas usadas y a través de un estruendoso mercado de chatarra donde unos hombres encorvados trabajan golpeando alternadores y bloques de cilindros para enderezarlos. En poco tiempo, el enlodado camino está flanqueado por montones de televisores viejos, armazones de computadora vacíos y monitores destrozados en una pila de tres metros de alto. Más allá, se extiende un campo cubierto por ceniza y salpicado por destellos ambarinos y verdes: son los pedazos de tableros de circuitos quebrados. Ahora veo que el humo no proviene de una fogata, sino de múltiples hogueras pequeñas. Muchas figuras se mueven entre los gases tóxicos, algunas remueven las llamas con palos, otras llevan los brazos llenos de cables de computadora de colores; la mayoría son niños.

Asfixiado, tomo mi camisa para cubrirme la nariz y me acerco a un muchacho de unos 15 años cuyo delgado cuerpo está envuelto por el humo. Se llama Karim y me cuenta que ha cuidado fogatas como esas durante dos años. Atiza el fuego de una de ellas y luego desaparece la parte superior de su cuerpo cuando se inclina sobre el hollín humeante. Levanta una maraña de alambre de cobre lejos de la vieja llanta que está usando como combustible y, al ponerla en un charco de agua para apagar las llamas, se oye cómo sisea. Una vez quemado el aislante ignífugo –proceso que libera una gran cantidad de sustancias cancerígenas y otros tóxicos– el alambre puede redituar un dólar al venderlo a un comprador de chatarra metálica.

Hago una nueva visita al mercado. En un montón de cenizas similar, sobre una ensenada que da al océano Atlántico cuando llueve mucho, Israel Mensah, un joven de unos 20 años, se acomoda sus lentes de diseñador y me explica cómo se gana la vida. Todos los días los vendedores de chatarra llevan montones de equipo electrónico viejo, cuyo origen él desconoce. Israel y sus socios compran unas cuantas computadoras o televisores; sus amigos y familiares, y hasta dos muchachos descalzos, nos escuchan embelesados mientras platicamos. Extraen el cobre que va pegado a los tubos de rayos catódicos y, al romperlos, dejan el terreno lleno de fragmentos que tienen plomo contaminante, una neurotoxina y cadmio, un elemento cancerígeno que daña los pulmones y los riñones. Sacan las piezas que pueden volver a venderse, como unidades de disco y chips de memoria. Luego arrancan el alambre y queman el plástico. Él vende el cobre extraído de una carga de chatarra para comprar otra. La clave para ganar dinero no es la seguridad sino la rapidez. Cerca, en la laguna, flotan caparazones de monitores rotos. Mañana, la lluvia los arrastrará hacia el océano.

Los humanos siempre han sido muy competentes en cuanto a generar basura. En el futuro, los arqueólogos observarán que en las postrimerías del siglo xx un nuevo tipo de residuos nocivos explotaron por todo el paisaje: los despojos digitales conocidos como desechos electrónicos. Hace más de 40 años, el cofundador de Intel, Gordon Moore, el fabricante de chips para computadoras, observó que la capacidad de procesamiento de los equipos de cómputo se duplica aproximadamente cada dos años. Un corolario no declarado de la “Ley de Moore” es que en cualquier momento todos los equipos considerados de vanguardia están simultáneamente a las puertas de la obsolescencia. Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés), se calcula que de 30 a 40 millones de computadoras estarán listas para la “administración de la obsolescencia” durante los siguientes años.

Las computadoras difícilmente son el único soporte físico electrónico acosado por la obsolescencia. Se ha programado que el cambio a transmisión de televisión digital de alta definición se complete para 2009, volviendo inoperantes los televisores que hoy funcionan perfectamente, pero que sólo reciben la señal analógica. Mientras los televidentes se preparan para ese cambio, unos 25 millones de televisores son sacados de circulación por sus usuarios cada año. En el mercado de la telefonía celular, cuyos consumidores tratan de ir a la moda adquiriendo el modelo más reciente, 98 millones de teléfonos recibieron su última llamada en 2005 en Estados Unidos. Si se cuadraran las cifras de todas las fuentes de desechos electrónicos, el equipo eliminado podría elevarse a 45 millones de toneladas métricas anuales en todo el mundo, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Entonces, ¿adónde va a parar toda esa chatarra? En EUA, se calcula que más de 70 % de las computadoras y de los monitores desechados, así como más de 80 % de los televisores terminarán a la larga en un vertedero de residuos, pese al creciente número de leyes estatales que prohíben tirar desechos electrónicos, ya que pueden filtrar plomo, mercurio, arsénico, cadmio, berilio y otras sustancias tóxicas en la tierra. Mientras tanto, según la EPA, a partir de 2005 se ha guardado un volumen inconmensurable de equipo electrónico que no se usa. Incluso si permanece en áticos y sótanos indefinidamente, sin llegar nunca a un vertedero de residuos, esa solución tiene su propio efecto indirecto en el medio ambiente. Además de las sustancias tóxicas, los desechos electrónicos contienen considerables cantidades de plata, de oro y de otros metales valiosos que son conductores de electricidad muy eficientes. En teoría, reciclar el oro de las tarjetas madre de computadoras caducas es mucho más rentable y causa menos destrucción ecológica que extraerlo de la roca, lo que a menudo pone en peligro selvas tropicales primigenias.

Actualmente, menos de 20 % de los desechos electrónicos que entra en el proceso de eliminación de desechos sólidos se encauza mediante compañías que se anuncian como recicladoras, aunque es probable que ese porcentaje aumente cuando estados como California tomen medidas enérgicas para evitar que terminen en vertederos de residuos. No obstante, la práctica de reciclar en el sistema actual es menos benéfica de lo que suena. Mientras algunas empresas de reciclaje preparan el material pensando en reducir al mínimo la contaminación y los riesgos para la salud, la mayoría de ellas lo vende a intermediarios que lo embarcan a países en desarrollo, donde el cumplimiento de la ley para proteger el medio ambiente no es tan estricto.

Muchos gobiernos, conscientes de que la eliminación inadecuada de desechos electrónicos daña el medio ambiente y la salud, han buscado establecer una reglamentación internacional obligatoria. El Convenio de Basilea de 1989, un acuerdo entre 170 naciones, exige que los países desarrollados notifiquen a las naciones en desarrollo la llegada de embarques con desechos peligrosos. Muchas naciones subdesarrolladas y grupos ecologistas y declararon que los términos eran muy poco estrictos, y en 1995 las protestas resultaron en una enmienda conocida como la Prohibición de Basilea, que impide exportar desechos peligrosos a los países pobres. Aunque la prohibición aún no entra en vigor, la UE ha consignado los requisitos en sus legislaciones.

La UE también exige que los fabricantes sean responsables de la eliminación adecuada de los materiales que producen. Hace poco, una nueva directiva de la UE aconseja el “diseño ecológico” de productos electrónicos, fijando límites para niveles admisibles de plomo, mercurio, agentes ignífugos y otras sustancias. En otra, se exige que los fabricantes monten infraestructura para recolectar los desechos electrónicos y se garantice un reciclado responsable; una estrategia llamada “de devolución”. A pesar de estas medidas preventivas, una cantidad considerable de toneladas no informadas sigue saliendo de puertos europeos sin ser detectada, con destino al mundo en desarrollo.

Asia es el centro de manufactura de casi toda la tecnología de vanguardia, y a ese lugar suelen volver los aparatos cuando se tornan inservibles. China ha sido durante mucho tiempo el cementerio mundial de los equipos electrónicos. Con el crecimiento explosivo de su sector manufacturero, que impulsa la demanda, los puertos chinos se han convertido en los conductos para el material reciclable de todo tipo: acero, aluminio, plástico, incluso papel. A mediados de los ochenta, los desechos electrónicos también empezaron a llegar a los puertos en grandes cantidades, llevando la lucrativa promesa de los metales preciosos incrustados en los tableros de circuitos. Vandell Norwood, dueño de Corona Visions, empresa de reciclaje de Texas, recuerda cuando los intermediarios extranjeros de desechos comenzaban a buscar equipos electrónicos para embarcarlos a China. Actualmente, se opone a dicha práctica, pero en ese entonces él y muchos colegas se percataron de que era una situación que beneficiaba a ambas partes. “Decían que todos esos aparatos se reciclarían y se pondrían otra vez en circulación –Norwood recuerda cómo se lo aseguraban los intermediarios–. Parecía ecológicamente responsable y era lucrativo porque me pagaban para que yo me deshiciera de ellos”. Volúmenes enormes de desechos electrónicos se embarcaban y se obtenían grandes ganancias.

La percepción de que era un negocio ecológicamente responsable se desvaneció en 2002, año en que BAN (Basel Action Network, grupo que se opone al envío de desechos peligrosos a naciones en desarrollo) estrenó un documental que mostraba cómo se reciclaban los desechos electrónicos en China. Exporting Harm se centraba en el pueblo de Guiyu, de la provincia de Guangdong, que se había convertido en un tiradero de cantidades descomunales de basura electrónica. BAN documentó cómo miles de personas llevaban a cabo en prácticas peligrosas, como quemar alambres de computadora para sacar el cobre, fundir tableros de circuitos en botes para extraer el plomo y otros metales, o remojar los tableros en un ácido potente para aislar el oro. Aunque en 2000 China prohibió la importación de desechos electrónicos, eso no suspendió el comercio. Sin embargo, tras la publicidad generada en todo el mundo por el documental, el gobierno amplió la lista de desechos electrónicos prohibidos y exigió a los gobiernos locales que hicieran cumplir la interdicción decididamente.

En un viaje reciente a Taizhou, ciudad de la provincia de Zhejiang, al sur de Shanghai, que era otro centro de tratamiento de desechos electrónicos, vi los esfuerzos para hacer cumplir la prohibición, pero también observé áreas donde esta no funciona para detener la importación de materiales. Hasta hace unos años, el paisaje lleno de colinas a las afueras de Taizhou era el centro de una industria, enorme pero informal, para desarmar equipos electrónicos que competía con Guiyu. Pero hoy, los funcionarios de aduanas de los cercanos puertos de Haimen y Ningbo –centros distribuidores informales de grandes volúmenes de chatarra metálica– investigan si los envíos que llegan contienen desechos peligrosos.

Sin embargo, para algunas personas quizá sea demasiado tarde, debido a que ya se desencadenó un ciclo de enfermedad o de discapacidad. En una avalancha de estudios revelados el año pasado, científicos chinos documentaron la difícil situación ambiental de Guiyu. El aire en algunos sitios que aún operan recuperando material electrónico contiene las cantidades más altas de dioxinas registradas en cualquier lugar del planeta. Las tierras están saturadas con esta sustancia química, probablemente cancerígena, que puede afectar los sistemas endocrino e inmunitario. En la sangre de los trabajadores de la industria electrónica se detectaron niveles elevados de difeniléteres polibromados (PBDE, por sus siglas en inglés); se trata de agentes ignífugos de uso corriente en los productos electrónicos y potencialmente dañinos para el desarrollo fetal, incluso en niveles muy bajos.

Es casi imposible evaluar cuántos desechos electrónicos siguen entrando a otras partes de Asia, o se tiran –cada vez más– en países de África Occidental.

Quizá algún día China logre reducir las importaciones de desechos electrónicos, pero hoy fluyen libremente. Los embarques que hace unos años podrían haber ido a puertos en las provincias de Guangdong o Zhejiang se desvían con facilidad a puertos menos restrictivos en Tailandia, Pakistán o en otros lugares. “Globalmente, no ayuda que países como China o India se vuelvan restrictivos. El flujo de desechos sólo cambia de ruta, se dirige adonde haya menos obstáculos”, señala David N. Pellow, catedrático de estudios étnicos que investiga este tipo de desechos desde un punto de vista de justicia social. Es casi imposible evaluar cuántos desechos electrónicos siguen entrando clandestinamente a China, son desviados a otras partes de Asia, o se tiran –cada vez más– en países de África Occidental, como Ghana, Nigeria y Costa de Marfil.

En Accra, Mike Anane, un periodista local que escribe sobre temas ambientales, me lleva hacia el puerto marítimo. Los guardias nos impiden atravesar la entrada; pero los conductores de unos camiones en una gasolinera cercana nos señalan unas instalaciones portuarias calle arriba, donde dicen que a menudo descargan computadoras. En ese lugar, en un patio de depósito, los lugareños abren un contenedor enviado desde Alemania. Montones de zapatos, ropa y bolsas de mano se desparraman sobre el asfalto. Entre el desorden, hay unas estropeadas computadoras Pentium II y III y monitores con caparazones agrietados a los que les faltan algunos botones, todo descansando bajo la lluvia. Un hombre nos oye preguntar, “¿Quieren computadoras –interroga–, cuántos contenedores?”. Cerca del puerto, entro en un edificio que parece un taller; arriba de la puerta tiene un letrero: “Importadores de artículos británicos usados”. Adentro veo más computadoras antiguas, televisores y componentes de sistemas de audio. Según el encargado, el dueño del local importa un contenedor de 12 metros a la semana. Los artículos que funcionan son para la venta. Aquellos que están descompuestos se rematan a un precio ínfimo a los recolectores de chatarra.

Por toda la ciudad, las banquetas están atestadas con tiendas de artículos electrónicos usados. En un barrio llamado Darkuman, un puesto mal iluminado está lleno, desde el frente hasta el fondo, de monitores con tubos de rayos catódicos. En los países ricos, estas son reliquias sin valor; sobre todo, es difícil deshacerse de ellas por sus altos niveles de plomo y de otras sustancias tóxicas. Al parecer, aquí tampoco nadie las quiere. Algunos son monocromáticos, con diminutas pantallas. Los muchachos pronto estarán desbaratándolos en un mercado de chatarra. La etiqueta con el precio de uno de los monitores lleva el rótulo de Goodwill, una cadena de tiendas de beneficencia con sede en Frederick, Maryland, a 45 minutos en automóvil desde mi casa. Mucha gente dona sus computadoras viejas a este tipo de instituciones creyendo que, al hacerlo, ayudará a otros. Yo bien podría haber hecho lo mismo. Le pregunto al propietario de la tienda dónde adquirió los monitores. Se los envió su hermano que vive en Virginia, dice. No ve motivo para no darme su número de teléfono.

Cuando Baah, el hermano, finalmente me devuelve las llamadas, no resulta ser un sujeto sospechoso que trate de evitar a la prensa sino un empleado que trabaja 15 horas al día arreglando excusados e instalaciones eléctricas. Para ganar lo suficiente, me explica que trabaja por las noches y en fines de semana exportando computadoras usadas a Ghana mediante su hermano. Una Pentium III reditúa 150 dólares en Accra, y a veces puede comprar las computadoras por menos de 10 dólares en páginas de liquidación en internet. O compra cargas a granel en tiendas de beneficencia (los gerentes de la tienda Goodwill, cuyo monitor terminó en Ghana, dijeron que ellos no vendían cantidades importantes de computadoras a los comerciantes). Cualquiera que sea su origen, el margen de ganancia de una computadora que funcione es considerable.

El riesgo de comprar esas computadoras es que nada garantiza que funcionen, y las compañías siempre tratan de deshacerse de la basura. Los monitores con tubos de rayos catódicos, aunque inservibles, en muchos casos son parte del trato. Baah tampoco tiene tiempo ni espacio para desempacar y verificar los cargamentos. “Uno manda todo para allá y la mitad no funciona –afirma indignado–. Lo único que uno puede hacer entonces es venderlas a quienes compran chatarra –añade–. No tengo la menor idea de lo que hagan con ellas a partir de ese momento”. El pequeño negocio de exportación de Baah es sólo un goteo en la catarata de desechos electrónicos que mana desde Estados Unidos y el resto del mundo desarrollado. A la larga, la única forma de evitar que esta inunde Accra, Taizhou o muchos otros lugares es crear una forma más responsable de eliminar los desechos electrónicos. Una empresa de Florida llamada Creative Recycling Systems ha empezado a hacerlo.

A la larga, la única forma de evitar que los desechos electrónicos inunden Accra, Taizhu o un centenar de otros lugares es crear una nueva forma más responsable de eliminarlos.

El principal factor del modelo comercial de esta compañía produce un gran estruendo en el extremo de un almacén –una máquina del tamaño de un edificio que opera de manera semejante a una cadena de montaje, pero al revés–. Jon Yob llamó “David” a la inversión de más de tres millones de dólares en maquinaria y procesos cuando se instalaron en 2006; Goliat es el imponente acopio de desechos electrónicos que se producen en Estados Unidos. El día de mi visita, los dientes de acero de la máquina trituran perfectamente componentes de audio y de video. Mediante filtros y presión al vacío, se atrapa todo el polvo del proceso. “El aire que libera el equipo es más puro que el aire ambiental del edificio”, grita para hacerse oír en ese estruendo Joe Yob, el vicepresidente de la compañía (hermano de Jon). Una banda transportadora lleva material a distintos puntos del proceso donde se separan las diversas piezas del equipo desarmado: cribas que vibran al permitir el paso de algunas partículas dependiendo de su tamaño o su pureza, imanes, un dispositivo para extraer vidrio con plomo y un separador por corriente de Foucault –similar a un imán invertido, aclara Yob– que lanza a un cubo los metales no ferrosos, como el cobre y el aluminio, junto con metales preciosos, como el oro, la plata y el paladio. El producto más valioso –los tableros de circuitos triturados– se envía a un moderno horno de fundición en Bélgica, que se especializa en el reciclado de metales preciosos. De acuerdo con Yob, una caja de medio metro cuadrado que contenga esos tableros puede valer hasta 10 000 dólares.

En Europa, donde la infraestructura de reciclaje está más desarrollada, las enormes maquinarias recicladoras como David son bastante comunes. David puede procesar alrededor de 70 millones de kilogramos de productos electrónicos anualmente, no serían necesarias muchas más de esas máquinas para procesar toda la basura tecnológica que produce el país. Pero según las políticas actuales, kilo por kilo, sigue siendo más lucrativo exportar los desechos que procesarlos sin peligro en el país. “No podemos competir económicamente con quienes lo hacen de manera incorrecta, quienes la envían al extranjero”, concluye Yob. Por consiguiente, la cantidad que Creative Recycling invirtió en David representa una apuesta, que podría fructificar si la EPA instituyera un proceso de certificación para las empresas de reciclaje, que definiera normas mínimas para la industria. Las compañías que dependen principalmente de las exportaciones tendrían dificultades para cumplir con esas normas. La EPA está investigando las opciones de certificación.

En última instancia, enviar los desechos electrónicos al extranjero quizá no sea beneficioso ni barato para el mundo desarrollado. En 2006, el químico Jeffrey Weidenhamer compró bisutería china en una tienda local que vende sus artículos en un dólar, para que las analizaran en su clase. Que las piezas tuvieran grandes cantidades de plomo fue perturbador, pero no una sorpresa; estas alhajas hechas en China se comercializan con mucha frecuencia en EUA. Más reveladoras fueron las cantidades de aleación de plomo, estaño y cobre. Como Weidenhamer y su colega Michael Clement exponen en un ensayo científico publicado el pasado julio, los porcentajes de esos metales en algunas muestras indican que su origen fue la soldadura de plomo empleada en la fabricación de tableros de circuitos electrónicos.

“En este momento Estados Unidos exporta enormes cantidades de materiales con plomo a China, y ese país es el principal centro manufacturero del mundo –señala Weidenhamer–. No sorprende para nada que las cosas terminen en el punto de partida y que ahora recibamos de vuelta productos contaminados”. En una economía global, que las cosas no estén a la vista no significa que permaneceremos ajenos a ellas por mucho tiempo.


Escrito por: Chris Carroll el 31 de Diciembre de 2007
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